Angeles
por Myriam Delfini
El
deseo de romper los lazos que lo tienen clavado a tierra no
es el resultado de la presión cósmica o de la
precariedad económica, sino que es constitutivo del
hombre, es el paradójico deseo de lo mas que humano
que humaniza al hombre. Este sueño, este deseo tantas
veces soñado de liberarse de sus limites, sentidos
como decadencia, y de expandirse, de dar alas a su espontaneidad
y su libertad, deseo expresado y cifrado en los símbolos
del vuelo del pájaro y el ángel, debe ser situado
entre los rasgos específicos del hombre. En verdad,
mas que un dato que lo constituya, es un sueño que
lo transforma.
Lo que hace que un ángel sea ángel para adentrarnos
en el mas privilegiado símbolo de ese vuelo mágico
o de ese sueño místico y no humano, no es su
cuerpo son sus alas, pero alas en un cuerpo humano; podría
ser el nuestro. Eso es lo que atrae eso es lo fascinante.
El ángel es su fusión, es la metáfora
de nuestro anhelo. Metáfora de un cuerpo que, sin dejar
de serlo, deviene espíritu, vence la gravedad, no solo
de la Tierra, también de la condición humana,
su pesantez, su carga.
Desde
que el hombre tiene memoria, tiene cultura, los ángeles,
están en ella. Del milenario repertorio de imágenes
míticas y religiosas, independiente de su realidad
o ficción, quizás ninguna como la del ángel
sea tan amigable para el hombre. Desde niño el ángel
de la guarda es nuestra dulce compañía. Ya adultos,
el hombre y la humanidad, tienden a olvidar a esos seres alados
o, mas que olvidarlo a relegarlo entre los decorados de la
religión, o mas aun, a relegarlo a un ornamente puramente
decorativo. Pero etéreo o pétreo, el ángel
sigue allí, cercano. Tan cercano como el niño
olvidado en cada uno. Tan cercano como esa presencia, o esa
apertura a toda presencia, tan improbable como innegable que
solemos llamar alma.
Desde el horizonte de la tradición judeo cristiana
que la mayoría hemos heredado, los ángeles,
mas que parte de la revelación explicita, son parte
de la constatación de la realidad que la fe busca iluminar.
Los ángeles simplemente ya estaban allí, eran
parte integrante de la totalidad de la creación, la
espiritual y la material, tanto del mundo religioso como cosmogónico
de entonces, de su realidad y de su imaginaria. Una vez apropiados
de las religiones de los pueblos vecinos de Canaan, el judaísmo
los asimila y pone bajo la égida de Yahvé ,
el único Dios. El Dios creador y, por lo tanto, Dios
de todo lo creado. El nuevo testamento, el cristianismo, recibe
con cierta sobriedad las ideas del judaísmo sobre los
ángeles. Como expresión de la irrupción
del Reino de Dios en la Tierra, los ángeles acompañan
a Jesús en escenas como Las tentaciones en el desierto,
Getsemani, y la
Resurrección.
Pero es sin dudas en la escena de la Anunciación y
el Nacimiento de Jesús, donde los ángeles como
el ángel Gabriel, en su mensaje a la Virgen Maria,
como el coro que entona el Gloria a Dios en las alturas y
en la tierra paz a los hombres aparecen en su función
mas especifica y tradicional, como mensajeros de Dios. Un
mensaje que como toda palabra sagrada, contiene y entrega
lo que anuncia.
Ángeles, signos de lo invisible pero cercano nos rozan
con sus alas, los ángeles aparecen no tan cercanos
a nosotros como acercándonos la lejanía; como
mensajeros. Mensajeros y por lo mismo, mediadores entre el
origen y lo originado, entre el azul del cielo, lo espiritual
abierto y la opacidad de la tierra, la oscuridad de lo arcaico,
lo inconsciente, lo cerrado, por eso en algunas iconografías
se lo ve subiendo y bajando una escalera, ascienden y descienden,
traen y llevan mensajes. Flujo y reflujo desde lo invisible
hacia lo invisible, de lo espiritual a lo material.
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