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Los
angeles y la curación - Fuente: Extraído del
libro ¨Los angeles pueden cambiar tu vida¨ del autor
David G. Walker
Si los ángeles están para ayudarnos, es evidente
que una de sus tareas más importantes deberá
ser la curación en todos sus niveles: físico,
mental, emocional y espiritual. Cualquier ángel, y
por supuesto nuestro ángel de la guarda puede realizar
tareas curativas, aunque existan ángeles especializados
en estos menesteres.
Al frente de todos ellos y dirigiendo sus acciones está
el arcángel Rafael. Su labor como sanador está
claramente especificada en el apócrifo Libro de Enoch
donde se dice que Rafael ha sido colocado por Dios "sobre
todas las enfermedades y heridas de la humanidad".
El
libro de Tobías, confirma a Rafael como sanador
de la especie humana. Este libro, que para la Iglesia Católica
forma parte del Antiguo Testamento, relata la historia de
un hombre muy piadoso llamado Tobit y su hijo Tobías.
Agotado por el trabajo de enterrar a un cadáver, Tobit
se quedó dormido una noche a la intemperie con tan
mala fortuna, que el excremento de un pájaro le cayó
en los ojos dejándolo ciego. Ocho años después,
ya desesperado, lo hallamos rogando a Dios que le conceda
la muerte. Al mismo tiempo, Sara, destinada a ser esposa de
su hijo Tobías estaba pidiendo lo mismo, pues un ser
demoníaco le había hecho la vida imposible,
matando a todo joven que intentaba casarse con ella.
Pensando
su próxima muerte, Tobit mandó al joven Tobías
a Media, para que recuperase un dinero que había dejado
allí en depósito, encargándole que buscase
a alguien para que lo acompañara en el viaje. Dios
oyó las oraciones de Tobit y de Sara, y mandó
al arcángel Rafael, quien adoptó el aspecto
de un joven israelita y fue así contratado como acompañante
y guía de Tobías por el sueldo de un dracma
diario. Partieron los dos, con un perro que los acompañó
y al llegar al río Tigris acamparon. Tobías
bajó a lavarse los pies y en ello estaba cuando un
enorme pez saltó del agua intentando comerse al muchacho,
quien dio un grito asustado. Rafael le ordenó coger
al pez, y
Tobías
así lo hizo, sacándolo finalmente a tierra.
Siempre según las instrucciones de Rafael, Tobías
abrió el pez y le extrajo el corazón, el hígado
y la hiel, que fueron debidamente guardados. Parte del pez
lo comieron asado y el resto, salvo las entrañas que
tiraron, lo conservaron en sal. Ya cerca de su destino, se
hospedaron en cada de Ragüel, pariente de Tobías,
donde éste conoció a su prima Sara y decidió
casarse con ella, ignorando que siete hombres habían
muerto a manos de un demonio por intentar lo mismo. Advertido
por Ragüel de lo ocurrido ya en siete ocasiones y siempre
siguiendo las instrucciones de Rafael, Tobías puso
sobre el brasero de los perfumes de la recámara nupcial
el hígado y el corazón del pez. Al percibir
aquel olor el demonio que se había encaprichado de
Sara salió huyendo, lo que aprovechó Rafael
para atraparlo y confinarlo ya para siempre en un lugar apropiado
para él. Casado, con el dinero de su padre y una generosa
dote entregada por Ragüel,
Tobías regresó a casa de su padre. Al llegar,
Rafael le indicó cómo debería usar la
hiel del pez para curar la ceguera de Tobit. Tobías
y Tobit deciden finalmente recompensar a Rafael por sus extraordinarios
servicios, y entonces éste les revela su identidad,
desapareciendo seguidamente de su vista.
En el siguiente capítulo cito el caso relatado por
Joy Snell, en el que una misteriosa enfermera curaba milagrosamente
a los enfermos más graves. Los sucesos parecidos a
éste son muy abundantes.
Transcribo seguidamente lo que me relató Eugene Niklaus,
de Acambay, Texas, tan sólo tres semanas después
de que le ocurriera:
"Eran
como las siete de la noche. Estaba recién operado del
páncreas y mi situación era francamente muy
delicada. En aquel preciso momento me hallaba solo, en la
habitación del hospital, muy débil y con dolores
casi insoportables. De pronto me invadió una tranquilidad
muy grande y todas la s molestias desaparecieron; luego oí
que me hablaban, aunque sin llegar a entender el sentido de
aquellas palabras. Entonces, de pronto vi una figura humana
a los pies de la cama, era un joven como de unos quince años.
Aunque su cuerpo lo percibí con menos claridad que
el rostro, noté que estaba vestido de blanco. Lo pude
contemplar durante unos veinte segundos y luego desapareció.
Me quedé con una imponente sensación de tranquilidad
y bienestar inexplicable que permaneció hasta el día
siguiente. El médico a quien relaté lo ocurrido
lo consideró una alucinación causada por la
fiebre y lo mismo opinaron mis familiares, pero yo sé
que aquello fue algo muy real y creo que no lo olvidaré
mientras viva. Mi salud mejoró rápidamente a
partir de aquel día y en la actualidad estoy totalmente
restablecido".
En
la revista Angel Watch se publicó el impresionante
caso de un joven veterano de Vietnam que fue curado de su
adicción a las drogas por un ángel que se le
apareció en el funeral de su tía, en pleno cementerio.
Aunque la autenticidad del siguiente relato - perteneciente
al libro del Obispo Leadbeater, Protectores invisibles - es
más que dudosa, no he podido evitar la tentación
de incluirlo aquí, pues además de su belleza,
tiene la originalidad de estar relatado en primera persona,
es decir, el propio ángel - protector invisible para
Leadbeater - es quien lo cuenta: "Buscábamos nueva
labor cuando de pronto exclamó Cirilo: ¿qué
es eso? Habíamos oído un terrible grito de dolor
y angustia. En un instante nos trasladamos al lugar de donde
partiera y vimos que un niño de once o doce años
se había caído de una peña y estaba muy
mal herido, con una pierna y un brazo rotos, y una enorme
herida en el muslo, por la que salía sangre a borbotones.
Cirilo exclamó: "Déjamelo curar enseguida,
de lo contrario se va a morir".
"Dos
cosas debíamos hacer con toda rapidez: cortar la hemorragia
y procurar asistencia médica. Para ello era necesario
que yo o Cirilo nos materializáramos, pues teníamos
necesidad de manos físicas, no sólo para atar
las vendas, sino también para que el infeliz muchacho
viese a alguien junto a él en aquel difícil
momento. Nos repartimos el trabajo. Cirilo se materializó
instantáneamente y yo le sugerí la idea de que
tomara el pañuelo que el niño llevaba al cuello
y se lo atara fuertemente al muslo con dos vueltas. Así
lo hizo y la hemorragia se contuvo. El herido estaba medio
inconsciente y apenas podía balbucear algunas palabras,
pero en su mutismo contemplaba al ser que se inclinaba sobre
él y al fin logró preguntarle. ¿Eres
un ángel? Cirilo sonrió levemente y le respondió:
"No, soy un niño que ha venido en tu auxilio".
Entonces dejé que lo consolase y fui en busca de la
madre del niño, que vivía a una milla de distancia.
Me costó bastante trabajo infundir en aquella mujer
la idea de que había sucedido una desgracia. Por fin
se decidió a dejar el utensilio de cocina que estaba
limpiando y dijo en voz alta: "¡No sé qué
me pasa pero siento que debo ir en busca del niño!"
Una vez sobresaltada, la pude guiar sin gran dificultad hasta
el lugar del accidente. Cuando ella puso el pie en la peña
se desmaterializó Cirilo, quien desde entonces pasó
a formar parte de las más bellas tradiciones de la
aldea".
Aquí
vemos otra de las funciones realizadas con mucha frecuencia
por los ángeles: la de llevar auxilio a quien desesperadamente
lo necesita. El Dr. S.W. Mitchell de Philadephia fue despertado
ya bien avanzada la noche por una niña no mayor de
diez años, pobremente vestida y en un estado de gran
ansiedad. Tras una pequeña caminata por las calles
nevadas y solitarias, llegaron finalmente ante la madre de
la niña, gravemente enferma de neumonía. Tras
ocuparse de la enferma el Dr. Mitchell la felicitó
por tener una hija tan sensata y decidida a lo cual la enferma
le respondió con una mirada extraña: "Mi
hija murió hace un mes". Ante la perplejidad del
médico, la enferma le hizo abrir el armario, viendo
seguidamente colgado en su interior el abrigo que llevaba
la niña que lo había ido a buscar.
Hechos
casi idénticos a éste son muy abundantes y figuran
en todos los libros y publicaciones dedicadas a los ángeles.
El padre Arnold Damien relata cómo una noche ya muy
tarde, escuchó la campana del edificio en que se hospedaba,
oyendo seguidamente la voz del portero, quien explicaba a
sus interlocutores que era ya demasiado tarde y que mandaría
un sacerdote a primera hora de la mañana. Corría
el año 1870 y el anciano reverendo Damien había
reducido mucho su actividad, pasando a un estado de semijubilación;
sin embargo salió al zaguán y dijo a los dos
muchachos que buscaban un sacerdote que iría con ellos.
Tras seguirlos por las desoladas calles de Chicago llegaron
finalmente a uno de los más apartados lugares de la
parroquia. Deteniéndose ante un desvencijado edificio,
los chicos señalaron una empinada escalera, diciéndole
que arriba, en el ático, estaba su abuela. Después
de subir por la estrecha escalera y empujar la puerta, el
anciano sacerdote se halló ante una mujer de casi noventa
años, a punto de morir. Tras recibir la comunión
y prepararse para el viaje que iba a emprender, la anciana
le preguntó con un hilo de voz: "Padre, ¿cómo
ha venido usted? Sólo unos pocos vecinos saben que
estoy enferma y ninguno de ellos es católico".
"Sus dos nietos me trajeron hasta aquí",
respondió el sacerdote. "Sí, tuve dos nietos",
siguió diciendo la anciana, "pero ambos murieron
hace ya muchos años".
¿Angeles
en forma humana o espíritus de los niños fallecidos?
Es difícil para nosotros averiguarlo, pero el caso
es que los relatos de este tipo son demasiado abundantes para
poder ignorarlos en base a sus extrañas circunstancias.
Generalmente la ayuda de los ángeles suele llegar sin
intervención alguna de personajes extraños o
milagrosos. Cualquiera que sea tu enfermedad, pide con fe
su ayuda. Poco tiempo después conocerás a alguien
que de un modo totalmente casual e inesperado te dará
la información que necesitas, o te conducirá
a donde te puedan curar. Todo lo que tienes que hacer es pedir
sinceramente su ayuda y estar atento a lo que vaya ocurriendo.
En mi caso conocí a una persona que - ¡Oh casualidad!
se dedica a pintar ángeles - me presentó a otra
que literalmente me llevó donde me liberarían
del cáncer que atenazaba mi vida. Allí me fue
dado ver cómo eran curados enfermos de sida y otras
enfermedades consideradas incurables por la medicina oficial.
Una vez más: los ángeles están esperando
ayudarnos. Todo lo que tenemos que hacer es pedírselo.
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