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El santo pecado

Un pobre e ingenuo judío del círculo de los marranos, llamado Jakir, oriundo de Portugal, emigró con su mujer a la ciudad santa de Safed. La pareja no tenía hijos y quería pasar su vida en la tierra de sus antepasados. Cuando el hombre llevaba varias semanas en Safed, escuchó una vez una prédica del rabino, que habló del "Pan del Rostro", que solía ser ofrecido en santidad sábado tras sábado. Al recordar el Templo y su esplendor, el rabino no pudo reprimir su profundo dolor. Profiriendo un fuerte gemido, gritó:

- ¡Pobres de nosotros, que en el presente no podemos ofrecer los panes ante el Rostro de Dios!

Las palabras del rabino sacudieron el alma del ingenuo marrano, y su corazón se fundió en ardiente amor a Dios, su Señor, cuyo servidor podía reconocerse abiertamente ahora. Le sobrevino una profunda compasión hacia Dios, y quiso hacerse agradable a El: "Yo ofreceré los panes a mi Señor", se dijo en su corazón.

Al llegar a su casa, le dijo a su mujer:

- Escucha, mi fiel y casta esposa: he oído en la sinagoga cómo el rabino ha lamentado con profundo dolor que no podemos llevar panes a la presencia de Dios. ¡Figúrate que Dios ha de padecer hambre! Tengo entonces el anhelo de llevar al Señor panes blancos

para que los coma y sacie Su hambre. Hornéalos de la más fina harina de trigo para que Le sepan bien. Si recibe de nosotros los panes, entonces se los ofreceremos cada viernes.

La mujer cumplió el deseo de su marido y horneó dos hermosos panes. Mucho antes de la entrada del Sabbath, él los llevó en secreto a la sinagoga, abrió el Arca Santa y dijo con gran fervor:

- ¡Oh Tú, Señor del Cielo, de la Tierra y de todos los seres, apiádate de tu hijo Jakir y recibe su pobre ofrenda! ¡Oh Señor, mi Dios, come los panes y sean bien recibidos por Ti como la ofrenda de nuestros antepasados!

Entonces, con manos temblorosas, colocó los panes en el Arca Santa y se marchó rápidamente a casa.

Cuando Jakir se hubo alejado, vino el bedel de la sinagoga a colocar el vino para el Kiddush en el Arca Santa. Cuando vió los panes, los cogió para sí, pues se figuró que algún devoto y generoso judío los habría colocado para él, en secreto, para no avergonzarlo. Jakir en cambio regresó a la sinagoga después del oficio religioso de la tarde, y cuando vió que los panes habían desaparecido, su alegría fue enorme.

- ¡Mira ésto!--dijo a su mujer--El Señor no ha desdeñado nuestros dones, ha tomado el pan y lo ha comido fresco; sin duda ha sido bien recibido por El. Entonces no descuides tu labor en lo sucesivo, pues Le ofreceremos los panes cada viernes.

Esto continuó durante largo tiempo. El marrano llevaba los panes al Arca Santa puntualmente y en secreto, y el bedel de la sinagoga se los llevaba a casa con idéntica puntualidad y secreto. Ambos se alegraban y agradecían a Dios por Su misericordia. Llegó el "Sabbath de los cantos". Según la antigua costumbre, el rabino tenía que pronunciar una prédica muy cuidadosamente preparada sobre la milagrosa salida de Egipto de los judíos. Al mediodía del viernes fue a la sinagoga para estudiarse la prédica. Entonces apareció por allí Jakir, como de costumbre, a llevar los panes al Arca Santa. No vió al rabino y se colocó con gran veneración ante el Arca Santa, se inclinó

profundamente y rezó como siempre su oración, con gran recogimiento, mientras abría el Arca, para que Dios aceptara los panes.

- ¡Necio!--le gritó el rabino--¿Crees acaso que Dios es un ser de carne y hueso que come y bebe? ¿Te imaginas que Dios recibe los panes? No es así. Seguro que se los lleva el bedel, ¡pero tú crees que los come Dios!

En eso llegó también el bedel a recoger los panes. Entonces lo llamó el rabino:

- ¡Confiesa que has venido por los panes!

El bedel de la sinagoga reconoció la verdad y añadió que cada viernes se había llevado los panes.

Cuando el marrano escuchó ésto, rompió a llorar y profirió desgarradores lamentos. Le contó al rabino cómo se le había ocurrido la idea de ofrecer panes a Dios. Creía que hacía una buena obra, que a fin de cuentas resultaba hasta un pecado, y se marchó desconsolado a su casa.

Un rato después llegó a la sinagoga un mensajero del ARI a ver al rabino, y le dijo:

- Maestro, el ARI te hace saber que debes irte rápido a casa y escribir tu testamento. Pues mañana morirás a la hora a la que debías pronunciar la prédica.

El rabino quedó espantado por tan mala noticia y corrió a ver al ARI.

- ¿Cuál es mi falta y mi pecado--preguntó llorando--, que he de morir en lo mejor de mi edad?

- Desde el día en que el Templo fue destruido--respondió el ARI--el Santo (Su nombre sea alabado) no había tenido una alegría tal como la que tuvo con los dos panes del marrano. Pero tú has acabado con esa alegría, por lo cual el Cielo ha pronunciado la sentencia de muerte sobre ti, y no puede ser anulada.

Al día siguiente murió el rabino, justo a la hora que estaba asignada para la prédica.

 


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Angel de la Guarda