¿Sabes
lo que es un dybbuk?
En
la pelicula ¨El no nacido¨ Lo que comenzó como
un día de ejercicios cotidiano para Casey (la protagonista)
estaría a punto de convertirse su peor pesadilla y
casi le cuesta su propia vida,
cuando en medio de la vía, y sin razón aparente,
se le presenta un dybbuk o espíritu que trata de posesionarse
de ella a toda costa para llevar a cabo su deseo: volver a
nacer.
Esta
película podría parecer ciencia ficción
o solo una película de terror pero en realidad muestra
un aspecto del mundo espiritual.

Veamos
lo que nos relata esta historia a través del gran maestro
el Arizal (Isaac Luria)
El
castigo
En
una ocasión, una viuda fue poseída por un mal
espíritu que la afligía extraordinariamente.
Sus gritos de dolor se podían oír a distancia
y le valían las simpatías de todos los vecinos
que fueron con muchos hombres santos de Tzefat en busca de
ayuda, pero en vano. En cuanto un tzadik se acercaba a ella,
el espíritu empezaba a gritar enumerando todas las
malas acciones que había cometido en su vida. Los tzadikim
se sentían muy turbados y terminaban por irse.
Se
pidió ayuda a un discípulo del Arizal, Rab Yosef
Arzín. Cuando llegó, el espíritu se dirigió
a él respetuosamente, “¡Shalom! ¡Que
la paz sea con usted, maestro!” Rab Yosef le pidió
al espíritu que le dijera quién era.
“Soy tal y tal, su propio discípulo de Egipto”,
dijo el espíritu. “¿Recuerda cómo
solía regañarme por mi mala vida cuando estaba
con usted? Pero yo no hice caso de sus sabias palabras y me
alejé del buen camino. Pequé y fui castigado.
Ahora que estoy muerto, no se me permite la entrada en el
Mundo de la Verdad”.
Al
oír la historia, Rab Yosef fue a pedir consejo al Arizal.
En esa época Rab Itzjak estaba enfermo y no podía
ayudar a la viuda, pero mandó llamar a Rab Jaim Vital
y le enseñó cómo exorcizar un mal espíritu,
enviándolo junto con Rab Yosef a casa de la viuda.
En cuanto los dos entraron en la casa, la viuda volvió
la cara escondiéndola. Rab Jaim exclamó dirigiéndose
al espíritu, “¡Pecador! ¿Por qué
vuelves la cara contra la pared?”
“No puedo soportar ver unos rostros tan santos porque
pequé mucho durante mi vida”.
“Te ordeno que te vuelvas y nos mires”, mandó
Rab Jaim. La viuda se volvió para mirarlo de frente.
“Ahora,
cuenta tu historia”, pidió.
“Hace
veinticinco años que morí”, dijo el espíritu
llorando. “Cuando llegué ante la corte Celestial,
se revisaron todas mis malas acciones. Eran tantas, que ni
siquiera en el guehinom podía purgarlas y fui sentenciado
a deambular sin respiro por el mundo, acompañado de
tres ángeles vengadores hasta que encontrara el tikún
(correctivo) apropiado para mi alma miserable. Durante los
últimos veinticinco años he estado vagabundeando,
golpeado por los tres ángeles que me acompañan.
Me pegan y gritan: ‘¡Así se hará
al que ha multiplicado los pecados en Israel’! Si limpio
mi alma, todavía tendré que ir doce meses al
guehinom donde se borrarán las manchas que queden y
mi alma quedará sin ellas”.
“¿Cuándo moriste? ¿Y en dónde?”,
preguntó Rab Jaim cuando la voz se calló. “¿Confesaste
antes de morir?”
“Me
ahogué. Estábamos navegando de Alejandría
rumbo a El Cairo cuando el barco se estrelló contra
unas rocas y se hundió. Todos los pasajeros se ahogaron.
Yo estuve un rato luchando en el agua y no me dio tiempo de
hacer vidui (confesión). Mi cuerpo fue arrojado a la
costa y lo encontraron unos judíos que me dieron sepultura
judía. Desde entonces mi alma está deambulando
sin tener paz hasta que entré en el cuerpo de esta
viuda”.
“¿Cuánto tiempo tienes que vagabundear
todavía antes de expiar tus pecados?”, preguntó
Rab Jaim. “Y ¿por qué has elegido a esta
pobre mujer como víctima? ¿Por qué tiene
ella que sufrir por tus pecados?”
“Tienen
que hacerme sufrir hasta que todo el mal que hice siga todavía
teniendo efecto en el mundo. En cuanto a su segunda pregunta,
la de por qué he elegido a esta pobre viuda, se lo
diré. Cuando llegué a Tzefat, estuve en muchas
casas y me di cuenta que la gente se comportaba correctamente,
así que no pude entrar en sus cuerpos. Pero una noche
vine a esta casa. Por la mañana, la viuda fue a preparar
el desayuno. Trató de encender el fuego, pero la llama
vacilaba y se extinguía una y otra vez. Se puso tan
furiosa que tiró la marmita al suelo y empezó
a maldecir. En ese momento, me dieron permiso para poseer
su cuerpo”.
Rab
Jaim se quedó muy sorprendido. “¿Cómo
es posible”, dijo, “que a una persona se la haga
sufrir de forma tan horrible sólo por unas cuantas
maldiciones dichas en un momento de cólera?”
“No es su único pecado. La fe de esta mujer es
débil. Niega los milagros que Hashem hizo con Su pueblo,
sobre todo los milagros del éxodo de Egipto. En la
noche de Pésaj, cuando todas las familias judías
están sentadas en torno a la mesa durante el séder
contando los milagros maravillosos que se relatan en la Hagadá,
ella se ríe diciendo que no ocurrió ningún
milagro”.
Entonces Rab Jaim se dirigió a la propia viuda: “Dime
honestamente, ¿crees que Hashem creó el cielo
y la tierra, que es el Rey Todopoderoso que reina sobre el
universo entero y lo guía con Su Providencia? ¿Crees
que tiene el poder de hacer cuanto desea?”
“Sí,
creo”, exclamó la mujer convulsionándose
por los sollozos, “declaro que es la fuerza que guía
el universo. Él es el poder y la fuerza. Prometo que
a partir de hoy, creeré firmemente en todos los milagros
que hizo a Su pueblo, que lo sacó de Egipto y abrió
el mar para él”.
Entonces Rab Jaim hizo uso de lo que su maestro le había
enseñado. Dijo las oraciones y los conjuros adecuados
para expulsar el mal espíritu del cuerpo de la mujer.
En cuanto terminó de hablar, el dedo pulgar de la viuda
se hinchó. Poco después volvió a recuperar
su tamaño normal y todo el mundo notó que el
espíritu se había ido.
Pero
de vez en cuando, el espíritu volvía a molestar
a la viuda y a atemorizarla. Sus vecinos volvieron a pedir
ayuda al Arizal. En esta ocasión, el Arizal dijo a
Rab Jaim que fuera a casa de la viuda y examinara la mezuzá
de la entrada. Rab Jaim vio que la mezuzá no estaba
en buenas condiciones y la cambió. A partir de entonces,
la mujer se vio libre del mal espíritu.
El alma del talmid rebelde se vio obligada a salir del cuerpo
de la viuda, pero seguía sin poder encontrar el descanso
eterno porque todavía no había finalizado su
expiación, así que quería vengarse de
Rab Jaim Vital. El Arizal, que lo sabía, dijo a su
fiel discípulo que no fuera de noche por las calles
y los mercados de Tzefat, porque eso haría de él
una presa fácil para ese mal espíritu o para
otros. Rab Jaim no tenía miedo, pero por obediencia
a su maestro, se abstuvo de salir por la noche.
Una
vez, cuando Rab Jaim estaba estudiando con el Arizal, se absorbieron
tanto en el tema que estaban tratando, que no se dieron cuenta
de que ya había oscurecido. Cuando Rab Jaim se dispuso
a salir camino a su casa, el Arizal le ofreció que
se quedara a dormir. Pero Rab Jaim le dijo que tenía
que estar en casa esa noche. El Arizal lo acompañó
a la puerta y lo despidió con un mal presagio en el
corazón.
Iba Rab Jaim andando por las estrechas callejuelas de Tzefat
cuando, de pronto, oyó el ruido de los cascos de una
montura. Al volverse vio un asno grande y temible que corría
detrás de él. No había dónde huir
porque las casas lo cercaban por ambos lados. El burro, enloquecido,
lo arrollaría en cuestión de minutos. Rab Jaim
se acordó de las advertencias de su maestro y, petrificado
de miedo, cayó al suelo. El animal, desenfrenado, se
tiró contra él violentamente y lo pisoteó.
Rab
Jaim quedó inmóvil en el suelo, herido y lleno
de sangre en la estrecha callejuela. Gimiendo de dolor, logró
por fin levantarse. Penosamente, se arrastró hacia
su casa. Al tratar de tomarse a las ranuras de las piedras
que bordeaban la callejuela, se dio cuenta de que tenía
la mano derecha herida. El asno la había pisado con
todas sus fuerzas y parecía haber aplastado los huesos.
A medida que avanzaba lentamente, su dolor aumentaba y estuvo
a punto de desmayarse.
A la mañana siguiente, temprano, un mensajero llamó
a la puerta de Rab Jaim. El Arizal lo había enviado
para ver si Rab Jaim había llegado a casa sano y salvo.
Rab Jaim alzó los ojos hacia el cielo en acción
de gracias: “¡Hashem sea alabado, todavía
estoy vivo!”, exclamó y contó al mensajero
cuanto había pasado.
Tuvo
que quedarse en cama varios días, dolorido de todo
el cuerpo. En cuanto se repuso un poco, corrió a visitar
a su maestro. El Arizal le saludó y su voz denotaba
la preocupación: “La otra noche temí por
ti. Sabía que los poderes del mal eran lo suficientemente
fuertes como para hacerte daño. Hasta me quedé
junto a la puerta viendo cómo te ibas por un buen rato,
incluso cuando ya estabas fuera del alcance de mi vista, rezando
por tu bienestar. Lamento que no me escucharas cuando te dije
que no salieras por la noche. Debiste haberte quedado a dormir
aquí”.
Rab Jaim agachó la cabeza, reconociendo humildemente
que su maestro había tenido razón. Prometió
no volver a salir después del anochecer. Y, a partir
de entonces, si por casualidad permanecía en casa del
Arizal hasta que se hacía oscuro, se quedaba a pasar
la noche.
Rab
Jaim extendió la mano para que la viera el Arizal.
“La mano derecha todavía me duele horriblemente.
No puedo utilizarla”. Rab Itzjak puso la palma de su
propia mano en el brazo herido de su talmid y desapareció
el dolor y la mano herida estaba de nuevo entera. Rab Jaim
flexionó la muñeca y los dedos moviéndolos
a voluntad como si nada hubiera pasado.