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Develación del Amor de Sheikh Muzaffer Ozak al Yerrahi al Halveti (Extracto)

Un día nuestro Maestro, el Glorioso Profeta Muhamed, sentó sobre sus benditas rodillas a sus nietos Hasan y Husein, acari-ciándolos con ternura. Resultó que su noble y purísima hija, la Radiante Fátima, que Dios se complazca en ella, había cosido los cuellos de las camisas de los niños demasiado ajustados, pensando erróneamente que eran las perneras de sus propios panta-lones. Viendo que sufrían incomodidad, el jefe de los Profetas les desabotonó el cuello a los dos príncipes. En ese momento se es-tremeció al darse cuenta de que su amor hacia sus nietos había alcanzado el mismo grado de su amor a Dios, Alabado Sea, incurriendo por ello en los Celos Divinos.
En ese instante el arcángel Gabriel, la paz sea con él, descendió llevando en sus manos tres chales, uno amarillo, uno rojo y negro el tercero. El arcángel transmitió al bienamado los saludos di-vinos y le comunicó las órdenes del Todopoderoso, o más bien, estos arcanos misterios:
"¡Mensajero entre los Mensajeros! Dios, Magnífico y Glorioso manda decir al portador de

Su Misión:
¿Cómo es posible que aquél que me ama, y a quien amo, Mi más querido amigo, Mi bienamado, bese a sus nietos, a sus retoños, con amor igual a su amor por Mí? Envío un chal amarillo para Hasan, uno rojo para Husein y uno negro para el honorable Mensajero. Vestid cada uno su chal. El negro es el símbolo del luto funerario; Hasan sufrirá el martirio del vene-no; Husein el de la daga. Desde el momento en que besó a Hasan en la boca y a Husein en el cuello sus destinos quedaron sellados". Después de proferir estas palabras, el arcángel Gabriel se retiró.
Con el tiempo este anuncio habría de cumplirse. El Imán Hasan murió envenenado a manos de su esposa, mientras que el Imán Husein encontró la muerte en la batalla de Karbalá, en donde fue degollado. Ibrahim Adham, santificado sea su espíritu, nos relata la siguiente historia:

"Conocí a cierto individuo en las montañas del Líbano. Du-rante los cuarenta días que pasamos juntos, el hombre no comió ni un pedazo de pan, ni tomó una gota de agua. Me quedé atónito al observar ese extraño fenómeno. Poco después apareció un camello perdido. El camello le aplastó la cabeza y lo pisoteó hasta darle muerte. El impacto le hizo saltar los ojos de las cuencas". Mientras ponderaba lo ocurrido en absoluta perplejidád, reflexionando acerca del triste destino de aquel hombre, re-cibí esta información por medio de la inspiración divina:
'Si alguien que se dice Mi amante desvía la mirada hacia cualquier otra cosa, ved como queda aplastada su cabeza y botados sus ojos.'
"Entonces comprendí que el error del Santo había sido mirar al objeto de su amor como distinto de Dios."
Ibrahim Adham, santificado sea su muy noble espíritu, eligió el trono del corazón, prefiriéndolo al trono del imperio, y se fue a vivir a la Meca, la Ennoblecida. Muchos años habían pasa-do desde que abdicara en favor de su hijo y abandonara su país, mientras tanto su hijo se había convertido en un joven bello y lleno de donaire. Un día se enteró de que su hijo, como soberano de su pueblo, se había encaminado a La Meca con la loable inten-ción de cumplir la obligación religiosa de la Peregrinación. El venerable Ibrahim Adham se dirigió hacia la reverenciada Caaba con el objeto de ver a su hijo, aunque fuera de lejos, por última vez en la tierra. Entre los peregrinos que hacían la circunvala-ción, pudo distinguirlo y sintió que la sangre se agitaba en sus venas.

En ese instante se dio cuenta que el amor a su hijo se había ele-vado en su corazón al mismo nivel de intensidad que su amor a Dios, Alabado Sea, y rompiendo en llanto allí mismo exclamó:
"¡Señor! Soy incapaz de conciliar en mi corazón el amor que siento hacia Tu Divina Esencia, y el que me inspira mi hijo cuyo rostro no había visto en todos estos años".
Antes de que las palabras terminaran de salir de sus labios, el Señor del Universo, que es el Verdadero Amado, actuó en respuesta a la plegaria; el joven soberano cayó allí mismo, en plena circunvalación, entregando su alma a Dios.
¡Oh, amante sincero!
Siempre y cuando puedas ver a Dios en el hombre o la mujer que amas, estarás libre del pecado de igualar tu pareja a El. Pero si divides el amor en dos, ¡Dios te ampare!, caerás inevitablemente en ese error. El amor de Dios es exclusivo, no se comparte. El amor al Creador y el amor a las criaturas no pueden coexistir en el mismo corazón. Si te atas a tus propiedades y a tu familia, al-guna calamidad los atará a ellos a Dios. Si sabes que Dios es la causa de todo, enhorabuena, ¡qué afortunado eres!
El es todo. El es el amor. El es el amante. El es el amado. El es el querido. El es el anhelado. El es el enamorado. El es el desposado. Aparte de El, no hay nada. El es el que ve y el que es visto. El es tu esencia. El es tu palabra. El es Todo. Todo viene de El. El es Dios.

Muchos son los amantes de Dios que se han entregado a El en el camino del amor, abandonando las limitaciones del yo, y han logrado alcanzar la unión con el Amado; se han regocijado en el Amado. Por su negligencia hacia el Amado, ¿acaso no le fue or-denado a Abraham, la paz sea con él, que inmolara a su propio hijo?
Los amantes de Dios deben estar listos y preparados para las pruebas. El amor de Dios es una prueba tal, que resulta un placer y una delicia dentro de la tribulación. Abraham, la paz lo acom-pañe, fue arrojado al fuego por su amor a Dios, pero el fuego abrasador de los hornos de Nimrod se convirtió en luz. Debido a ello, los que se consumen en el fuego se convierten en amigos íntimos de Dios.

Si eres el amante del Amado
No mires a nadie;
que te abrase el fuego
como a Abraham.
Haz como él
Y hallarás las rosas,
cesará el dolor.

 


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