MENSAJE
DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

NO
TE DEJES VENCER POR EL MAL ANTES BIEN, VENCE AL MAL CON EL BIEN
- 1 de enero de 2005
Al comienzo del nuevo año, dirijo una vez más
la palabra a los responsables de las Naciones y a todos los
hombres y mujeres de buena voluntad, sabedores de lo necesario
que es construir la paz en el mundo. He elegido como tema para
la Jornada Mundial de la Paz 2005 la exhortación de san
Pablo en la Carta a los Romanos: « No te dejes vencer
por el mal; antes bien, vence al mal con el bien » (12,21).
No se supera el mal con el mal. En efecto, quien obra así,
en vez de vencer al mal, se deja vencer por el mal.
La
perspectiva indicada por el gran Apóstol subraya una
verdad de fondo: la paz es el resultado de una larga y dura
batalla, que se gana cuando el bien derrota al mal. Ante el
dramático panorama de los violentos enfrentamientos fratricidas
que se dan en varias partes del mundo, ante los sufrimientos
indecibles e injusticias que producen, la única opción
realmente constructiva es detestar el mal con horror y adherirse
al bien (cf. Rm 12,9), como sugiere también san Pablo.
La
paz es un bien que se promueve con el bien: es un bien para
las personas, las familias, las Naciones de la tierra y para
toda la humanidad; pero es un bien que se ha de custodiar y
fomentar mediante iniciativas y obras buenas. Se comprende así
la gran verdad de otra máxima de Pablo: « Sin devolver
a nadie mal por mal » (Rm 12,17). El único modo
para salir del círculo vicioso del mal por el mal es
seguir la exhortación del Apóstol: « No
te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el
bien » (Rm 12,21).

El
mal, el bien y el amor
La
humanidad ha tenido desde sus orígenes la trágica
experiencia del mal y ha tratado de descubrir sus raíces
y explicar sus causas. El mal no es una fuerza anónima
que actúa en el mundo por mecanismos deterministas e
impersonales. El mal pasa por la libertad humana. Precisamente
esta facultad, que distingue al hombre de los otros seres vivientes
de la tierra, está siempre en el centro del drama del
mal y lo acompaña. El mal tiene siempre un rostro y un
nombre: el rostro y el nombre de los hombres y mujeres que libremente
lo eligen. La Sagrada Escritura enseña que en los comienzos
de la historia, Adán y Eva se rebelaron contra Dios y
Caín mató a su hermano Abel (cf. Gn 3-4). Fueron
las primeras decisiones equivocadas, a las que siguieron otras
innumerables a lo largo de los siglos. Cada una de ellas conlleva
una connotación moral esencial, que implica responsabilidades
concretas para el sujeto que las toma e incide en las relaciones
fundamentales de la persona con Dios, con los demás y
con la creación.
Al
buscar los aspectos más profundos, se descubre que el
mal, en definitiva, es un trágico huir de las exigencias
del amor.El bien moral, por el contrario, nace del amor, se
manifiesta como amor y se orienta al amor. Esto es muy claro
para el cristiano, consciente de que la participación
en el único Cuerpo místico de Cristo instaura
una relación particular no sólo con el Señor,
sino también con los hermanos. La lógica del amor
cristiano, que en el Evangelio es como el corazón palpitante
del bien moral, llevado a sus últimas consecuencias,
llega hasta el amor por los enemigos: « Si tu enemigo
tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de beber »
(Rm 12,20).

La
« gramática » de la ley moral universal
Al
contemplar la situación actual del mundo no se puede
ignorar la impresionante proliferación de múltiples
manifestaciones sociales y políticas del mal: desde el
desorden social a la anarquía y a la guerra, desde la
injusticia a la violencia y a la supresión del otro.
Para orientar el propio camino frente a la opuesta atracción
del bien y del mal, la familia humana necesita urgentemente
tener en cuenta el patrimonio común de valores morales
recibidos como don de Dios. Por eso, a cuantos están
decididos a vencer al mal con el bien san Pablo los invita a
fomentar actitudes nobles y desinteresadas de generosidad y
de paz (cf. Rm 12,17-21).
Hace
ya diez años, hablando a la Asamblea General de las Naciones
Unidas sobre la tarea común al servicio de la paz, hice
referencia a la « gramática » de la ley moral
universal, recordada por la Iglesia en sus numerosos pronunciamientos
sobre esta materia. Dicha ley une a los hombres entre sí
inspirando valores y principios comunes, si bien en la diversidad
de culturas, y es inmutable: « subsiste bajo el flujo
de las ideas y costumbres y sostiene su progreso. Incluso cuando
se llega a renegar de sus principios, no se la puede destruir
ni arrancar del corazón del hombre. Resurge siempre en
la vida de individuos y sociedades »

Esta
común gramática de la ley moral exige un compromiso
constante y responsable para que se respete y promueva la vida
de las personas y los pueblos. A su luz no se puede dejar de
reprobar con vigor los males de carácter social y político
que afligen al mundo, sobre todo los provocados por los brotes
de violencia. En este contexto, ¿cómo no pensar
en el querido Continente africano donde persisten conflictos
que han provocado y siguen provocando millones de víctimas?
¿Cómo no recordar la peligrosa situación
de Palestina, la tierra de Jesús, donde no se consigue
asegurar, en la verdad y en la justicia, las vías de
la mutua comprensión, truncadas a causa de un conflicto
alimentado cada día de manera preocupante por atentados
y venganzas? Y, ¿qué decir del trágico
fenómeno de la violencia terrorista que parece conducir
al mundo entero hacia un futuro de miedo y angustia? En fin,
¿cómo no constatar con amargura que el drama iraquí
se extiende por desgracia a situaciones de incertidumbre e inseguridad
para todos?
