Los
Angeles segun Santo Tomas de Aquino extraido de Suma Teologica
Es
importante destacar este punto para entender correctamente el
modo como Santo Tomás se expresa aquí en la Suma,
donde comienza afirmando en términos verbalmente apodícticos:
"es necesario admitir que existen cria- turas incorpóreas"
(q.50 a.l). La expresión es necesario se repite un poco
más adelante. Pero, evidentemente, Santo Tomás
no piensa que la existencia de ángeles sea objeto de
una demostración necesaria. El habla ya desde la certeza
que da la fe; como dice al final del artículo, la sola
inteligencia humana a lo sumo que puede llegar es a considerar
razonable la existencia de seres incorpóreos, porque
contribuye a dar una mayor perfección al universo.
El paso de la "conjetura" a la certeza sólo
se puede dar mediante la fe.
La
revelación habla frecuentemente de la existencia de ángeles
y los presenta como seres superiores al hombre, al cual unos
prestan servicio en orden a la salvación, mientras que
otros lo tientan con el fin de apartarlo de Dios. Hoy se presta
muy poca atención a este dato de fe. Las causas de esta
situación son múltiples. Quizá una de las
más influyentes sea el exagerado antro- pologismo que
"invade" todos los campos del saber. A fuerza de insistir
tanto en el hombre, se introducen en la realidad cortes, o se
cierran los ojos a todo lo que no sea el hombre mismo y sus
intereses. Y se lanzan pregun tas: ¿Qué saca el
hombre de que existan ángeles? ¿Qué problema
humano se puede resolver a base de la existencia de ángeles?
Son preguntas que co- mienzan cuestionando y que muchas veces
se resuelven negando o por lo menos dando cabida a una actitud
de indiferencia, que se aproxima mucho a la negación.
Ciertamente, Santo Tomás no pensaba así. A él
los ángeles no sólo no le estorbaban, sino que,
por el contrario, le regocijaban y le hacían compa- ñía
a través de todo su recorrido teológico. En efecto,
para Santo Tomás, los ángeles, además de
ser un tema concreto al que dedica expresamente nu- merosas
cuestiones, son ante todo algo así como una parte integrante
del misterio cristiano global, que sin ellos perdería
un valioso punto de referencia para ser comprendido en profundidad.
Pensar sobre los ángeles a base de lo útil para
el hombre es incapacitarse de antemano para juzgar con acierto.
Desde
el punto de vida cristiano, lo verdaderamente "útil"
es acoger el plan de Dios tal como Dios mismo lo diseñó,
porque lo que Dios hace está siempre lleno de sabiduría
e infunde sabiduría en quien lo acepta dócilmente.
Para entender y encuadrar exactamente las cuestiones que Santo
Tomás dedica a los ángeles en la Suma hay que
presuponer siempre sus comentarios a la Sagrada Escritura, que
es la fuente de donde él extrae la "certeza"
acerca de la existencia de estas criaturas y la que informa
todas sus exposiciones por abstractas que puedan parecer. Entre
estos comentarios bíblicos merece especial atención
el que Santo Tomás dedica al capítulo primero
de la carta a los Hebros, porque es allí donde aparece
más clara la relación de los ángeles con
Cristo; pero, evidentemente, hay que tomar en consideración
tam- bién el conjunto de sus lecturas sobre el Nuevo
Testamento, en el cual los ángeles son mencionados con
frecuencia, tanto los buenos como los malos.
Santo Tomás conoce también a fondo la copiosa
doctrina patrística so- bre los ángeles: sobre
su existencia, naturaleza, funciones. Entre las funciones angélicas
sobresalen dos; la primera dice orden a Dios y consiste en "asistir"
a su divina majestad, rindiéndole culto de adoración
y alabanza, con lo cual Santo Tomás recoge y profundiza
la idea expresada en la carta a los Hebreos, que define a los
ángeles como espíritus litúrgicos: "leitourgikà
pnéumata" (1,14).
De
aquí que el salmodiar o glorificar a Dios con los cantos
bíblicos haya sido considerado en la tradición
cristiana como oficio angélico, mediante el cual los
hombres se unen a los ángeles en una mis- ma alabanza
a Dios. La otra función es la de "ministrar",
o sea, ser enviados por Dios para servicio de los hombres (cf.
q.112 a. 1-2) en orden a la consecución de "la herencia
eterna" (Heb 1,14); este "ministerio" o servicio
de los ángeles a los hombres ha recibido en la tradición
cristiana el nombre de "custodia": los ángeles
custodian a los hombres. De esto trata Santo Tomás extensamente
en la cuestión 113.
Otra fuente importante en que se inspira Santo Tomás
es la definición dogmática del cuarto concilio
de Letrán, según el cual todos los ángeles,
tanto los buenos como los malos, han sido creados por Dios y
son de natu- raleza espiritual o inmaterial. La definición
se contiene en una larga profe- sión de fe, conocida
en la historia como Primera decretal; sobre ella escribió
Santo Tomás el opúsculo Expositio primae decretalis
7.
Angeles
y concepto de Dios
La
teología como el vocablo mismo indica se centra en Dios,
y de las criaturas se ocupa sólo en orden a Dios, Pero
no es ciencia distinta la que recae directamente sobre Dios
y la que estudia las criaturas. La teología toda entera
es una sola: Santo Tomás la define muy exactamente cuando
dice que debe ser considerada "como una cierta impresión
de la ciencia divina, la cual en su simplicísima unidad
abarca todas las cosas" (1 q.1 a.3 sol.2). De aquí
se deriva una conclusión importante, a saber, que "el
estudio de las criaturas sirve para la instrucción de
la fe cristiana", o que "la reflexión sobre
las obras divinas es necesaria para esclarecer la fe del hombre
de Dios"
El principal servicio que las criaturas prestan al hombre consiste
en ayudarle a conocer a Dios, pero esta ayuda sólo será
efectiva si se funda en el conocimiento verdadero de las criaturas
mismas, "porque el error sobre ellas arrastra al error
sobre lo divino"
Ahora bien, uno de los modos de errar prácticamente sobre
las criaturas consiste en prescindir de hecho de alguno de los
grandes sectores de la creación. Las criaturas, y sobre
todo los "bloques" de criaturas, son, por lo más
profundo de su ser, una "palabra" que Dios pronuncia
sobre sí mismo, palabra que nosotros debemos escuchar
y que sólo puede ser oída prestando atención
al bloque de criaturas que la hacen resonar.
Hoy pueden observarse dos fenómenos que no son simplemente
paralelos, sino que se influyen mutuamente. Numerosas "teologías"
tienden a prescindir de los ángeles, como si éstos
fueran sólo representaciones "míticas"
o expresiones simbólicas, bien de fuerzas cósmicas,
bien de la intervención de Dios en la historia humana.
A la vez, en grandes sectores del pensamiento, incluso del que
se considera a sí mismo como el más avanzado,
predomina un concepto de Dios manifiestamente deformado, por
no decir retrógrado.
Basta
con ver, por ejemplo, cómo se habla de la historia de
Dios desde ciertas corrientes cristológicas o desde la
teología política y sus derivados. Se da una imagen
de Dios tan a la medida del hombre, tan exgerada- mente antropomórfica,
que a quien razone serenamente le resultará imposi- ble
reconocer en ella al verdadero Dios.
Una mirada a los ángeles preservaría de estos
antropomorfismos deformantes. Evidentemente, un Dios creador
de los ángeles no puede ser pensado a la medida del hombre
ni diluirse en la corriente de una historia humana. Ciertamente
tampoco se puede pensar en un Dios a la medida de ángel.
Pero cuando el hombre piensa en sí mismo y en los ángeles,
recibe un poderoso estímulo y encuentra un firme apoyo
para transcenderse y transcenderlos, es decir, para pensar en
Dios como Dios en cuanto ello es posible y para liberarse de
nuevas formas de antropomorfismo, que suele ser la an- tesala
de la idolatría. El sentido de transcendencia suscita
en el hombre una postura de adoración, mediante la cual
él alcanza su realización más plena, a
la vez que se coloca en la actitud mejor para abrirse a Dios
y acoger sus dones. Aquí está el fundamento para
superar el historicismo y secularismo, hoy tan extendidos.
Angeles y creación
En
sus escritos sobre los ángeles, Santo Tomás se
encuentra frecuentemente con el emanatismo neoplatónicó,
por una parte, y con el dualismo maniqueo por otra.
Frente a ambos extremos insiste con gran fuerza en el concepto
de creación, la cual no puede ser obra más que
del único Dios. Es en estos textos donde se encuentra
la idea más depurada de creación como acción
que produce todo el ser, partiendo de la nada, o sea, sin materia
alguna preexistente, de la cual pueda ser extraída. Los
ángeles, siendo espirituales o inmateriales, sólo
pueden empezar a existir por creación; trazan, por así
decir, la línea divisoria entre el Creador y la criatura,
porque, para explicar la existencia de los ángeles, hay
que llegar hasta la raíz misma de la "creaturalidad"
o de lo que hace a algo ser determinadamente creatura. Ahora
bien, como creatura es un concepto esencialmente relativo al
Crea- dor, los ángeles son también el punto de
referencia más profundo para fijar la noción de
Creador en cuanto tal; lo son, al menos, en el pensamiento de
Santo Tomás.
Con esto no se hace más que desarrollar el punto anterior.
Sólo Dios puede crear. Lo cual implica que el esclarecimiento
del concepto de Creador es un medio de esclarecer la noción
de Dios en sí mismo. Los ángeles sirven al hombre
para pensar correctamente de Dios, y esto no puede menos de
ser muy "útil", aunque no preste bagaje específico
para resolver ningún conflicto social.
Otros temas afines
Dios
creador tiene providencia de las criaturas y las gobierna. Respecto
de ambos temas, providencia y gobierno, es necesario tomar en
consideración la existencia de los ángeles. Las
"leyes" por las que se rige la providencia y el gobierno
del mundo no han sido pensadas por Dios en función de
los hombres únicamente, sino en función de un
universo en el que los ángeles son una "pieza"
esencial. El resultado último de la providencia y del
go- bierno de Dios se expresa en el juicio o decreto que fija
de modo definitivo la "suerte" de las criaturas. Para
el hombre es posible una eternidad de bien- aventuranza o una
eternidad de condenación. En el primer caso participará
de la situación de los ángeles buenos; en el segundo,
de la de los malos.
El
hecho de que existan ángeles malos en estado de condenación
eterna no permite alimentar los fáciles optimismos que
ciertas "teologías" proponen. El diablo y el
infierno son, desgraciadamente, reales, y el hombre no puede
organizar su vida prescindiendo de ellos, porque, obrando de
este modo, se perjudicaría gravemente a sí mismo.
La situación existencial de los ángeles representa
un criterio básico para orientar el comportamiento del
hombre.
Santo Tomás, para definir la providencia y el gobierno
de Dios, tiene en cuenta no sólo al hombre, sino también
la totalidad de las criaturas, entre las cuales ocupan un puesto
especial el supremo- los ángeles (cf. qq.22- 23,103,
que tienen multitud de lugares paralelos). Los ángeles,
pues, cum- plen una función absolutamente esencial para
comprender tanto el misterio de Dios como el del hombre; la
cumplen igualmente para tener un adecuado concepto de universo
y superar los estrechos límites del "sensismo".
En el pensamiento de Santo .Tomás, la multiplicidad y
diversidad de seres -in- cluida esta diversidad concreta que
es la representada por los ángeles- constituye un punto
de referencia insustituible para conocer a Dios y para valorar
justamente el modo como El quiso reflejarse en el universo
Angeles, hombres, orden sobrenatural
Santo
Tomás distingue netamente y, a la vez, integra armónicamente
el orden de la naturaleza y de la gracia. En el orden natural
cada ángel difiere específicamente de todos los
demás. La distancia que hay del mínimo al supremo
es inconmensurable. Con mayor motivo, entre la naturaleza del
hom- bre y la del ángel media un verdadero abismo. Estas
enormes distancias o diversidades en lo natural ayudan a comprender
la grandeza y transcendencia de la gracia, que unifica no solamente
a los ángeles entre sí, sino también a
los ángeles y a los hombres.
Ordinariamente, la gracia es definida sólo por relación
a Dios o como participación de la naturaleza divina.
El Nuevo Testamento, ponderando la grandeza de la vida cristiana,
dice que ésta consiste en poseer "preciosos y sumos
bienes" mediante los cuales los hombres "nos hacemos
partícipes de la naturaleza divina" (2 Pe 1,4).
La teología de la gracia depende en gran medida de este
pasaje bíblico, que es citado continuamente; refiriéndose
a él, expone Santo Tomás una de sus principales
ideas sobre el tema de la gracia, o sea, lo que se podría
llamar índole "entitativa" del don por el que
los hombres somos regenerados como hijos adoptivos de Dios,
un don que se distingue de las facultades operativas o virtudes
(cf. 1-2 q.110 a.3).
Tratado de los ángeles
Sin duda, para comprender el misterio de la gracia y de la vida
cristiana que de ella nace, la referencia a Dios es el dato
primario y decisivo. La Sagrada Escritura define reiteradamente
al cristiano como quien es hijo de Dios por la gracia de adopción;
incluso la encarnación del Verbo y la reden- ción
que obró mediante la naturaleza humana asumida son presentadas
a menudo como ordenadas a restablecer a los hombres en la dignidad
perdida de hijos (cf. Gál 4,4-7).
Pero, dando esto por incontrovertible, la referencia a los ángeles
presta muy buenos servicios para comprender mejor el misterio
de la gracia, por-que nos permite relacionar este misterio con
cosas más cercanas a nosotros. La distancia del hombre
a Dios es infinita; y nosotros, por nuestra limita- ción,
no podemos ni formarnos idea de lo que significa dar un salto
definitivo o hacia el infinito. Los ángeles, en cambio,
son criaturas; incomparable- mente superiores al hombre; pero
criaturas al fin. Pues bien, la gracia salva todas las distancias
que, desde el punto de vista de la naturaleza, existen entre
hombres y ángeles, haciendo de todos una única
"sociedad", una familia, una misma comunidad adorante,
una sola Iglesia.
Por
la gracia ángeles y hombres reciben una participación,
entitativamente idéntica, de la naturaleza divina, que
los hace hijos de Dios de modo también idéntico,
sin otras diferencias que las de grado, de mayor o menor santidad,
fundadas en la inten- sidad mayor o menor con que se responde
a la gracia.
Según Santo Tomás, la gracia y la bienaventuranza
final de ángeles y hombres consiste en la misma participación
y visión de Dios. Para convencerse basta comparar, por
ejemplo, los artículos primero y segundo de la cuestión
62 con lo que en la Prima secundae dice sobre la gracia del
hombre, particularmente en las cuestiones 109 y 110. Aquí,
en la Prima pars, la cuestión 12 sobre la visión
beatífica vale por igual para hombres y ángeles.
Angeles y hombres son igualmente sujetos de la fe y tienen la
misma necesidad de la fe para ordenarse a Dios (cf. 2-2 q.5
a.1).
Otra
analogía importante se basa en el hecho de que, según
Santo Tomás, el hombre y los ángeles reci- bieron
la gracia en el momento de su respectiva creación (cf.
1 q.62 a.3; q.95 a.1). Para el hombre, en el actual estado de
culpa, la gracia tiene que cumplir una finalidad medicinal o
sanante que no era posible en el primer estado ni en el ángel
(cf. 1 q.62 a.2 sol.2). Pero ésta es una diferencia bastante
accidental; ello implica tan sólo que el pecador necesita
de la gracia para más cosas, o sea, para liberarse del
pecado y para ordenarse a Dios; pero "no la necesita más
que antes de haber pecado; porque también entonces el
hombre necesitaba gracia para conseguir la vida eterna, que
es en lo que consiste la necesidad principal de la gracia"
(1 q.95 a.4 sol.1).
Supuesta la identidad fundamental entre persona humana y ángeles
en el orden de la gracia, Santo Tomás piensa que, en
principio, los ángeles poseen una gracia y una bienaventuranza
de grado más alto o de mayor per- fección, porque
en ellos no se da resistencia alguna a la gracia (cf. 1 q.62
a. 6). Pero las diferencias graduales se dan también
entre los ángeles mismos y entre los hombres (cf. 1 q.12
a.6), sin mengua de la identidad de estado sobrenatural para
todos.
La superioridad de principio reconocida a los ángeles
tiene, por lo menos, dos excepciones manifiestas. La primera
es la humanidad de Cristo, a la cual fue otorgada la gracia
en el grado supremo (cf. 3 q.7 a. 10-12); y la segunda, la Virgen
María, quien, por razón de su misión, absolutamente
singular, sobresale por encima de todas las criaturas y es inferior
a solo Cristo (cf. 3 q.27 a.5). Cristo, como soberano universal,
es cabeza de los ángeles y de los hombres (cf. 3 q.8
a.3-4) y hace que todos juntos formen un único cuerpo
unificado en la alabanza a El mismo
La
unidad sobrenatural entre ángeles y hombres es unidad
de índole litúrgica. Esta idea de Santo Tomás
concuerda plenamente con la Sagrada Escritura, donde los ángeles
son definidos como "espíritus litúrgicos"
(Heb 1,14). El Apocalipsis, por su parte, presenta reiteradamente
a los ángeles y a los hombres participando en la misma
adoración "al que está sentado en el trono
y al Cordero" (7,10-11).
Creo que este horizonte de universalidad, presentado por Santo
Tomás, es muy importante para descubrir las dimensiones
de la comunión sobrena- tural en que está inmersa
la vida de cada persona humana y de la humanidad entera, así
como la existencia misma del cosmos. Santo Tomás destaca
con gran fuerza la unidad de todo el universo o de la creación
entera (cf. 1 q.47 a.3). Si se niega uno cualquiera de los órdenes
integrantes de esta unidad, la comprensión del cosmos
sufre una deformación grave.
Cuando se habla de una sola sociedad, o familia, o cuerpo, de
hombres y ángeles, no se hace referencia a todos los
ángeles, sino sólo a los buenos.
Angeles y filosofía de Santo Tomás
Ya
se dijo antes que, según Santo Tomás, la existencia
de los ángeles es conocida con certeza sólo mediante
la fe o a la luz de la revelación. Pero la fe no se limita
a proponer la existencia de los ángeles. Nos instruye
también acerca de su naturaleza superior, la cual puede
ser definida como espiritual: los ángeles son espíritus
(cf. Heb 1,14). En la tradición de la Iglesia, la espiritualidad
de los ángeles no siempre fue entendida de igual manera;
frecuentemente se atribuyó a estas criaturas una cierta
materia sutil o etérea para poder distinguirlos del espíritu
totalmente inmaterial, que sería sólo Dios.
Esta doctrina se enseñaba también en tiempos de
Santo Tomás, el cual, sin embargo, no la aceptó
nunca y enseñó con firmeza que los ángeles
son espíritus puros, carentes de cualquier tipo de materia,
por muy sutil que se la suponga. Atribuyendo a los ángeles
una inmaterialidad o espiritualidad total, Santo Tomás
se vio en la necesidad de buscar una razón que expresase
su finitud o la raíz misma de su ser de criaturas, distintas,
por tanto, de Dios increado y creador. Se argüía,
en efecto, contra Santo Tomás que, si los ángeles
son totalmente inmateriales, han de ser también totalmente
sim- ples, en cuyo caso perderían su condición
de criaturas y quedarían converti- dos en dioses.
Santo
Tomás negó siempre la validez de este razonamiento.
Para mostrar su ineficacia propuso su doctrina de la distinción
entre esencia y exis- tencia; este tema, fundamental en la enseñanza
de Santo Tomás, es desarrollado por él sobre todo
al tratar de los ángeles, los cuales vienen así
a jugar un papel insustituible dentro de su misma filosofía.
Dios es absolutamente simple y en él no hay ningún
tipo de composición (cf. 1 q.3). Las criaturas no alcanzan
nunca la simplicidad propia de Dios y, por consiguiente, entra-
ñan alguna composición. Pero para explicar esta
composición no es necesario recurrir a la materia; la
composición original, la inherente a la criatura en cuanto
tal, es la de esencia y existencia. Los ángeles, pues,
son seres com- puestos, pero sólo con esta composición.
De aquí se sigue otra idea importante. Si el ser de la
criatura como tal se define en función de la distinción
entre esencia y existencia, el ser del Creador presupone, por
el contrario, la identidad de esencia y existencia (cf. 1 q.3
a.4). Son los ángeles los que obligan a profundizar en
lo constitu- tivo de la criatura, con lo cual se ilumina el
tema capital, o lo constitutivo del creador. Ya se dijo antes
que los ángeles representan una valiosa ayuda para que
el hombre pueda pensar de Dios como Dios, supuesta siempre la
limitación inherente a su conocimiento.
En
la filosofía de Santo Tomás hay otro punto muy
importante, a cuyo esclarecimiento contribuye mucho también
su enseñanza sobre los ángeles. Es el tema del
conocimiento en toda su gran complejidad. El conocimiento intelectual
del hombre comienza por lo corpóreo; tiene como objeto
inmediato la esencia de las cosas sensibles; se realiza a través
de "especies" elaboradas mediante un proceso de abstracción,
entraña siempre un cierto retorno al "fantasma"
representativo de lo sensible y sigue un proceso discursivo
o de razonamiento que pasa de lo conocido a lo desconocido,
de los princi- pios a las conclusiones, de las causas a los
efectos.
La
razón de todos estos asertos generales, que tienen extenso
desarrollo en los escritos de Santo Tomás (cf. 1 qq.84-87),
se reduce siempre al hecho de que la persona humana es un ser
compuesto de alma racional o espiritual y de cuerpo material
(cf. 1. qq.75-76). Esta constitución entitativa del hombre
predetermina todo su dinamismo psicológico, y en particular
lo relacionado con el conocimiento.
Los ángeles, por ser espíritus puros o totalmente
carentes de materia, conocen de un modo radicalmente distinto.
No dependen para nada de lo sensible, no abstraen "especies"
cognoscitivas, no razonan o discurren, sino que intuyen, es
decir, de un solo golpe o en un solo acto alcanzan la pleni-
tud de conocimiento que pueden tener de una cosa (cf. 1 qq.55-58).
La per- fecta lógica de la enseñanza de Santo
Tomás sobre los ángeles confirma la validez del
modo como explica el funcionamiento del conocimiento humano
y, en definitiva, la posibilidad de llegar a la verdad objetiva
sobre el hombre mismo, sobre el mundo, sobre Dios, que serán
siempre los grandes temas de los cuales debe ocuparse el hombre.
Angeles
buenos y ángeles malos
Es
una distinción fundamental que conocemos por la fe, si
bien, como se dijo, la simple razón humana puede llegar
a ciertas "conjeturas". Los án- geles malos,
a través de la historia, crearon algún problema
especial, como, por ejemplo, atribuir su origen a un principio
malo. La Iglesia definió que todos los ángeles
fueron creados por el único Dios y que los malos se hicieron
tales por una culpa que les pertenece a ellos en exclusiva.
Obviamente, Santo Tomás acepta y explica esta enseñanza
infalible del magisterio de la Iglesia (cf. 1 1.63, a.4). Dada
la especial naturaleza del ángel, su pecado es irremisible
y produce obstinación en el mal (cf. 1 q.64, a.2). En
el Nuevo Testamento, los ángeles malos aparecen en actitud
de total hostilidad a Dios, como quienes ya sufren la condenación
en que incurrirán los hombres que mueran alejados de
Dios por pecado grave (cf. Mt 25,41).
Algunos puntos caducos de la doctrina de Santo Tomás
sobre los ángeles
La firmeza y coherencia del sistema no excluye que éste
lleve señales o marcas del tiempo en que fue elaborado.
En tiempo de Santo Tomás no existían estudios
de crítica histórica sobre la Sagrada Escritura
ni sobre la tradición patrística. Y esto no podía
menos de influir en tomas de posición que hoy no pueden
mantenerse. A este respecto, Santo Tomás se encuentra
en la misma situación que sus contemporáneos.
Entre los elementos ya caducos se pueden indicar algunos en
concreto. Hay que comenzar la lista por el hecho de que Santo
Tomás entiende como referidos a los ángeles unos
cuantos pasajes bíblicos en que el vocablo ángel
o no tiene sentido personal o sirve para expresar la presencia
de Dios en medio del pueblo escogido. Tampoco tiene ya sentido
hablar de la creación de los ángeles en el cielo
empíreo (1 q.61 a.4), o la asignación del "aire
tenebroso" como lugar penal de los ángeles malos
(1 q.64 a.4). Otra serie de problemas se refieren a la distribución
de los ángeles en ciertas categorías o grupos
bien definidos. Un primer criterio de agrupamiento los distribuye
en ángeles asistentes, es decir, que se ocupan sólo
de lo que se refiere a Dios, y en ángeles ministrantes,
así llamados porque cumplen el ministerio de cus- todiar
a los hombres (cf. 1 q.112 a.2; q.113 a.3). La organización
más conocida es la que los distribuye en jerarquías
y órdenes: tres jerarquías, dentro de cada una
hay tres órdenes (cf. 1 q.108).
Son
modos de hablar que tienen su origen en lo que entonces se llama-
ban "autoridades", que eran aceptadas por todos como
criterio de exposición teológica. Por eso el fenómeno
es común a Santo Tomás, a sus con- temporáneos
y a muchos que vinieron después. Los estudios de crítica
histórica han mostrado la endeblez de dichas "autoridades",
las cuales, evidentemente, no son vinculantes.
Pero una cosa es clara. Suprimidos todos estos elementos caducos,
en los que se muestra cómo Santo Tomás pagó
a su tiempo el obligado tributo, el sistema por él construido
para explicar la naturaleza y la psicología de los ángeles
no sólo no sufre detrimento, sino que sale más
bien rejuvenecido. Lo cual prueba la solidez de las ideas básicas.
Son ideas tan ramificadas a través de toda la teología
y filosofía de Santo Tomás que, si alguien las
desecha, deforma la totalidad de su sistema. Por eso, prescindiendo
de los ángeles, es prácticamente imposible asimilar
a fondo el pensamiento del justamente llamado Doctor Angélico.
Como en la Sagrada Escritura, también en Santo Tomás
los ángeles son una "pieza" esencial del universo,
muy a propósito para hacernos captar la índole
litúrgica de este universo o su destino a cantar la gloria
de Dios creador y Padre providente de todas las criaturas.
Tratado de los ángeles
Para
conocer el pensamiento de Santo Tomás sobre los ángeles,
el estudio mejor, entre los de época moderna, es el de
AURELIANO MARTÍNEZ, Tratado de los ángeles. Introducciones,
notas y apéndice, en Suma Teológica t.III (BAC,
Madrid 1950). Al principio, p. 16-30, puede verse una larga
lista bi- bliográfica, bien ordenada por grupos y tendencias
de autores. A continuación se añaden algunos escritos
que no se encuentran en esta obra.
BIBLIOGRAFÍA
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que l'ange a de soi-même: Rev. Thom. 29 (1929) 70-84.
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(París 1946) col.672-678.
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et anima differant specie: Ang. 32 (1955) 105-116.
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la durée de l'ange (París 1965).
J. MARITAIN, Le péché de l'ange. Essai de ré-interprétation
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H. D. SIMONIN, La connaissance de l'ange par soi-même:
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