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Su participación en el proceso de emancipación del hombre - Fuente: Kabaleb

Según explica Kabaleb, el cuerpo físico fue creado cuando Adán volvió del "profundo sueño" en el que le había sumido el Creador, al término del cual se encontró con su pareja, Eva. Pero este cuerpo primigenio no era la réplica exacta del que poseemos ahora; la Biblia nos dice que estaba "desnudo", sin que ello fuera un motivo de vergüenza para los interesados, pero la traducción de F. D.Olivet se acerca más a la realidad cuando dice que "Adán y Eva no poseían velo corporal alguno que disfrazara sus concepciones mentales", o sea que eran una mente universal sin velos, se trataba de una desnudez simbólica, no real. Dicho de otra forma, su cuerpo físico no constituía un velo que disfrazara el pensamiento del Ego Superior, era un vehículo que éste (o sea, la divinidad), podía manejar a su antojo.

El hombre era entonces algo parecido a una marioneta en manos del Creador; primero fue creado "sobre el papel", es decir que la divinidad lo ideó, construyó un proyecto de hombre, una imagen parecida a las de la realidad virtual, ésta es la forma que tenía Adán antes de ser sumido en un profundo sueño (momento en que su alma viajó a los mundos del Ego Superior), despertándose luego con un cuerpo físico y una pareja. Pasó de ser un muñeco de "realidad virtual" a ser un ente de carne y hueso después de que el Ser Supremo le insuflara la vida, un poco lo que le pasó a Pinocho en el cuento.

Lo mismo que Gepetto para Pinocho, el Creador tenía unos proyectos muy concretos para su "muñeco de carne y hueso". De momento, éste se movía en un universo paradisíaco, en un estado de plenitud total, consciente de su naturaleza divina; el Creador se ocupaba de cubrir todas sus necesidades, que es lo que les ocurre a los niños
pequeños en el hogar de sus progenitores: viven como en el Paraíso, ya que no tienen ninguna responsabilidad y todo les es dado sin esfuerzo por su parte.

El hombre podía hacer todo lo que se le antojaba en aquella esfera, aunque sus deseos siempre coincidían con los de la divinidad, al no existir ningún velo entre su cuerpo físico y su Ego Superior. Sólo existía una restricción: la de consumir los frutos del Árbol del Bien y del Mal; comer estos frutos significaba adquirir la facultad del discernimiento, implicaba volverse tan sabio como el mismísimo Creador.

Pero para adquirir esta sabiduría es preciso vincularse con los Ángeles Superiores, ya que, como hemos visto, nada puede hacerse en el universo sin contar con su participación. La divinidad no quería que ello ocurriera tan deprisa porque sus "muñecos" estaban aún muy verdes, les faltaba rodaje. En realidad el Creador había planeado que los hombres fueran recogiendo información del mundo físico de forma paulatina, pero sin perder el contacto con sus raíces divinas, de manera que a los Egos Superiores (que son la parte trascendente de la personalidad humana) no se les escapara el control de sus vehículos. Pero entraron en juego los Luciferes, que le soplaron a Eva lo que se perdía si no adquiría el conocimiento del Árbol, o sea si no consumía la famosa "fruta". Y

Eva sucumbió a la tentación de desgajarse de la tutela divina. La situación de Adán y Eva fue entonces más o menos la misma que la de un niño de primaria que decidiera hacer el petate e irse a recorrer mundo, rogando a sus padres que le suministraran la información necesaria para ello (el discernimiento del que hablamos). Supongamos que los padres, que desean respetar por encima de todo la libertad de su hijo, no pueden impedir su marcha y dejan que acceda a esta información. ¿Qué pasaría con ella? Pues que en gran parte le "resbalaría" al niño, como si a un alumno de primaria pretendieran enseñarle asignaturas de secundaria.

La organización cósmica está pensada de manera que nada puede resbalar ni perderse. Al consumir el "fruto" prohibido, Adán y Eva se conectaron a las fuentes divinas de la sabiduría y se abrió, en los mundos espirituales, un grifo con un gran chorro que vertió literalmente sobre el hombre y la mujer primordiales un enorme caudal de información; naturalmente este proceso tuvo lugar en niveles sutiles, no de forma física. Lucifer y sus huestes sabían perfectamente que la humanidad de entonces no estaba preparada para asimilar todo este alimento espiritual y se frotaron las manos porque ellos iban a ser
los destinatarios de todas las sobras. Por eso tentaron a Eva.

Desde que se negaron a participar en las tareas de Creación, su cuartel general era el
abismo, o sea la basura o el infierno, como se le quiera llamar, que es allí donde van a parar las energías desperdiciadas, los "restos de comida", pero en esta esfera sus almas no hubieran podido "sobrevivir" durante mucho tiempo si Adán y Eva, es decir, la humanidad de entonces, no hubieran desobedecido las órdenes del Creador. En efecto, mientras esta humanidad incipiente estaba bajo la tutela divina, no producía desperdicios, y al estar el cubo de la basura vacío, los "perros" (término que se aplica a menudo a los Luciferes en la Biblia) no podían "comer"; su alma iba camino de la destrucción por falta de carburante energético. Para evitarlo, llevaron a cabo un intento desesperado: insinuar a Eva (es decir, a la humanidad naciente) que podía darse un gran
"banquete" lumínico, junto con su compañero, a sabiendas de que iban a desperdiciar gran parte de los manjares.

En aquel momento se creó pues un "banco de desperdicios": el receptáculo infernal donde irían a parar todos los restos, los cuales, como hemos visto, no se pueden perder porque así lo establecen las leyes cósmicas. Y los opulentos "banqueros" que se iban a encargar de administrar todo este carburante echado a perder eran precisamente Lucifer y los suyos. Ellos pactaron de alguna forma con la divinidad, asegurándole que iban a ocuparse de la evolución del muñeco de carne y hueso que ésta había creado, aunque por el camino doloroso de la experiencia material. En efecto, Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso, que no era un lugar físico, sino un estado de plena seguridad y bienestar en el que uno se encuentra cuando deja que el Padre (Ego Superior o personalidad divina) maneje los hilos de su vida. Se trata, pues, de un estado de felicidad y plenitud al que todos podemos acceder desde el momento en que tomamos conciencia
de las leyes eternas y cumplimos con ellas, o sea desde el momento en que llevamos a cabo la misión para la que estamos aquí abajo: formar en la Tierra una comunidad gobernada por el <Amor>.

A partir de entonces, Adán y Eva fueron condenados a tener que trabajar para alimentarse, como cualquier hijo cuando abandona el hogar paterno, y a parir con dolor. Y esto nos lleva a deducir que el dolor, el sufrimiento, la enfermedad, las dificultades, todos estos baches que nos encontramos en el camino no tienen más que un solo origen: nuestro alejamiento de la divinidad, no de un Dios antropomorfo con barba, severo y vengador, tal como nos lo han presentado hasta ahora, sino de la parte profunda de nuestro ser, nuestro Ego Superior. Pero, ¿cómo conectar con ella, cómo averiguar cuáles son sus designios, en definitiva, cómo acercarse al Padre? Ahí es donde entran en juego los 72 Genios de la Cábala.